Lo que nadie le enseña a los jóvenes antes de tomar el volante
Cuando uno tiene veintitantos años, el mundo se siente infinito. Recuerdo esa sensación claramente: sentarte al volante por primera vez y creer, con toda honestidad, que nada malo puede pasarte. El vehículo no es solo un medio de transporte, es libertad, es independencia. Pero el gran reto de la movilidad no es solo diseñar vehículos más inteligentes; es convencer a una generación de que su vida es demasiado valiosa como para arriesgarla en un segundo de distracción.
Según el INEGI, los accidentes de tránsito son la principal causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años; cada año se registran más de 100,000 de estos incidentes viales en este grupo de edad y alrededor de 5,000 jóvenes pierden la vida a causa de ello. Lo más doloroso no es solo el número, sino lo que hay detrás; una llamada que nadie quiere recibir, una silla vacía en la mesa, una familia que ya no vuelve a ser la misma.
Esta realidad suele ser invisible para ellos. No por indiferencia, sino por algo muy humano, la certeza de que eso le pasa a los demás. «A mí no me va a pasar» o peor, «Yo manejo mejor cuando he tomado» romper esa barrera es nuestro primer y más importante desafío.
Con esa convicción concluimos la 11ª edición de Ford Driving Skills for Life en México. Un Programa que busca generar conciencia de un manejo más seguro entre los jóvenes mexicanos desarrollando en ellos habilidades de acción y reacción con la ayuda de elementos tecnológicos. Desde que comenzó esta jornada, el 17 de febrero, visitamos universidades públicas como la UNAM FES Acatlán, el IPN UPIICSA, la Universidad Autónoma de Querétaro y muchas más.
Vale la pena ser honestos. En México aprender a manejar suele ser un proceso informal. Casi siempre hay un familiar con mucha voluntad y a veces con poca paciencia, que nos comparte lo básico, como que el auto no se apague o no de tirones al momento de cambiar de velocidad. Rara vez alguien nos explica la prioridad vial, el manejo defensivo o qué hace exactamente el alcohol con nuestros reflejos. Nadie lo instruye porque a nadie se lo enseñaron. Ahí es donde nosotros queremos hacer la diferencia.
Algo que he aprendido después de años liderando programas de responsabilidad social es que las iniciativas que realmente cambian comportamientos no son las que llegan desde arriba con el logo de una empresa en el banner. Son las que logran que las propias comunidades se apropien del mensaje. Esa es la diferencia entre un programa que dura una edición y uno que llega a la undécima.
Por eso, la colaboración de Ford con Enactus ha sido tan importante. Son los propios estudiantes quienes invitan a sus compañeros, organizan el espacio, hablan con sus profesores y convocan a sus rectores. Una empresa que le dice a un joven cómo debe comportarse genera resistencia, pero un compañero que comunica lo mismo genera conversación.
Para capturar la atención de una generación que vive en un mundo digital tan acelerado, hay que hablarles en su idioma. Junto con los pilotos profesionales de Escudería Tame, integramos simuladores de realidad virtual donde los estudiantes sienten, sin riesgo real, qué es manejar agotado, bajo el efecto del alcohol (con lentes de alcoholemia) o con el teléfono en la mano.

Pero el momento que más me impacta, después de haberlo vivido decenas de veces, es otro: proyectamos un video emotivo sobre las consecuencias de un accidente y el auditorio se queda en silencio. Un silencio que pesa. Ese es el momento en que la tecnología se convierte en empatía.
¿Cuál es el retorno de inversión?
En once años, este programa ha llegado a más de 58,000 estudiantes en 12 estados. Y sé perfectamente la conversación que sucede en muchas salas de juntas cuando se revisa el presupuesto de responsabilidad social: ¿cuál es el retorno? Es una pregunta legítima y entiendo por qué se hace. Pero quienes llevamos años en este campo sabemos que exigirle a la inversión social las mismas métricas que a una campaña de ventas es un error de categoría.
El impacto social opera en otra dimensión temporal. No se mide en el trimestre, se mide en la decisión que alguien toma tres años después porque recuerda algo que vivió un martes por la mañana en su universidad. Lo intangible no es lo que no existe, es lo que todavía no hemos aprendido a ver correctamente.
Nunca olvidaré a un estudiante que compartió un video de su experiencia y agradecimiento por la iniciativa. En él relataba que su papá era operador de transporte y que, gracias al programa, ambos son ahora más conscientes de los riesgos en el camino. Al final del video dijo algo que me conmovió «Saber esto nos ayuda a que mi papá regrese a casa con vida todas las noches.»
Con cambiar la mentalidad de una sola persona, el efecto se multiplica. En Ford seguimos creyendo en la fuerza de inspirar y transformar vidas, porque al final del día, el camino hacia un México más seguro se construye un conductor a la vez.

Por: Karem Rojas, Coordinadora de Responsabilidad Social Corporativa en Ford de México.
